Página PrincipalMis GustosMis OpinionesYo MismoLinksUnas Risas

 

1984: Versión 1.5
en esta misma sección...

1984: Versión 1.5

Nadie es tan esclavo como quien se cree libre sin serlo.

(Johann W. Goethe)

El otro día tuve una extraña pesadilla:

Estaba ante una puerta, al final de un largo pasillo.

Sobre la puerta, como única indicación, una pequeña placa metálica rezaba "Habitación 101".

Esperé silencioso, asustado. No sé cuanto tiempo pasó, quizás mil años, hasta que escuché una voz imperativa. - Entre, Winston.

Entré.

- Bienvenido, Winston.

Era O'Brien. Estaba sentado tras un grueso escritorio de madera, fumando un gran cigarro puro. Su sonrisa me pareció más terrorífica que afable.

- En realidad, - le dije - no soy Winston. El no podía venir, de modo que me pidió que viniera yo en su lugar...

Su mirada se endureció aún más. - ¿Y quién eres tú?

- Soy Psicobyte, tengo una Web Personal. Quizás la haya visto...

Probablemente, esta no fuera la cosa más inteligente que podría haber dicho, pero me salió así.

Evidentemente, no se puede estar siempre al nivel semántico que el argumento requiere.

- Está bién, Winston. Como quieras ¿Sabes por qué estás aquí?

- ¡Pero si no soy Winston! - Yo empezaba a asustarme de verdad.

- Eso no importa ahora. El hecho es que estás aquí y, sin duda, debe ser por algo. ¿Cuál es tu crimen? - Susurró O´Brien mientras se inclinaba hacia mí y me señalaba con su puro.

Supongo que eso me provocó un ataque de activismo socio-político-izquierdoso, porque yo jamás habría respondido de este modo:

- Mi delito es odiar a los tiranos, despreciar al capital, repudiar a los amos. Mi crimen es oponerme a vosotros.

- ¿Por qué? ¿A donde quieres llegar con eso?

- A vuestra derrota, a un futuro sin vosotros, sin amos, sin esclavos. A un mundo de hombres libres.

- No puedes derrotarnos, Winston. - Respondió. - Ya no hay Policía del Pensamiento de la que esconderse, no hay un Gran Hermano al que odiar, no existe un Ministero de la Verdad contra el que rebelarse. Hemos vencido.

- ¡Aún no habeis vencido! - Mi voz sonaba más a una súplica que a una orgullosa proclama, me temo. - ¡No podreis arrebatarnos nuestra libertad!

- ¿Libertad dices, Winston? ¿Libertad para qué?

- Libertad para pensar, para expresar nuestras ideas, para creer o nó...

- ¡Por favor! - Se carcajeó O'Brien. - ¡No trates de parecer estúpido! Ya nadie piensa, para eso tenemos la televisión, la prensa, incluso la radio. ya nadie expresa su opinión, porque nadie tiene una opinión propia. La gente cree lo que necesita creer, lo que debe creer. Lo que le decimos que crea.

- ¿Es necesaria una guerra? - Continuó hablando. - No busques cuales son nuestros intereses. ¡Nosotros te "recordamos" lo malvado y peligroso que es nuestro enemigo!

- ¿Las pensiones bajan y los trabajadores empobrecen? No recuerdes que los grandes accionistas son cada vez más ricos. ¡Es una Crisis Económica Mundial!

- ¿La criminalidad asciende? No creas que es la pobreza la que impulsa al delito. ¡La culpa es de la inmigración!

Yo no sabía que decir, mis ojos se empezaban a llenar de lágrimas de desesperación, y él continuaba hablando.

- ¿Un pais entero se hunde en la pobreza? No creas que ha sido expoliado por las multinacionales. ¡Es que no han aplicado suficentemente la sagrada Economía de Mercado!

- Y, mientras tanto, deportes como el sacrosanto futbol, concursos estúpidos, programas idiotizantes... ¡Todo aquello que evite al consumidor el incómodo esfuerzo de tener que pensar!

- ¿Pero aún corre sangre por nuestras venas! - Exclamé en un acceso melodramático. - Aún podemos romper vuestras cadenas. Aún podemos rebelarnos contra el mundo que quereis imponernos.

- ¿De verdad, Winston? - preguntó con sonrisa cínica. - Dime: ¿Cómo sacudes tus cadenas? ¿Que has hecho tú para rebelarte?

Abrí la boca para responder, pero no me salían las palabras.

- ¿Qué haces para cambiar este mundo que odias?

No podía responder. No tenía respuesta. No había hecho nada.

- Nunca te has rebelado, Winston. - Continuó. - Nunca has hecho nada para luchar contra todo eso que criticas. Eres como los demás, Winston.

- Pero... -Intenté articular una protesta, pero no teína nada con que excusarme.

- O'Brien se puso en pié y me dijo: - Puedes marcharte, hemos terminado.

Salí en silencio, mirando al suelo.

Su risa burlona hizo que yo despertara.