Psicofonías

(algo así como el blog de Psicobyte)

Largo y extraño viaje

No, esto no va a ir sobre drogas ni sobre los Grateful Dead.

Acaba de terminar la décima edición del Campus Infantil de Software Libre (y, creedme, me he ganado un descanso).

Además, coincidiendo con esto, también termina mi vinculación a la Oficina de Software Libre de la Universidad de Granada.

Voy a echar esto de menos.

Estos años han sido una fascinante sucesión de retos, trabajos, ideas y proyectos. He tenido la suerte de compartir los mayores logros de esta oficina: No sólo en cosas como premios, menciones o rankings sino, sobre todo, en experiencias, logros personales y humanos, y satisfacciones.

He tenido el honor de conocer a algunos de los mejores en el mundo del software. No sólo a los más conocidos o más capaces, sino también a la gente con mejores ideas, a los que han sabido superar retos, a los que están ahí día a día construyendo y aportando para todos. Algunas de las mejores personas que he conocido las he conocido en el software libre.

He hecho cosas que nunca imaginé que haría, he aportado lo que he podido (y he podido más de lo que hubiese creído que podría) y, sobre todo, he aprendido. He aprendido muchísimo.

He impartido charlas, talleres, clases y conferencias sobre los temas más dispares y a los públicos más variados. He participado en congresos internacionales (he organizado congresos internacionales). Me he ganado mis galones de "Conferenciante Internacional" (o sea, que he dado una conferencia en el extranjero). He colaborado en eventos de todo tipo y he ayudado a dar a luz proyectos fascinantes.

Es muy difícil encontrar un trabajo que sientas que encaja con tus ideas, tus intereses y tu moral. Trabajar en la Oficina de Software Libre me ha dado la oportunidad de hacer cosas que me gustan, que me satisfacen ética e intelectualmente, y con las que, creo, he podido aportar a la sociedad y ayudar a hacer el mundo un lugar un poquito mejor (una mínima e inconmensurable fracción, pero ahí está).

He aportado a esta oficina en proyectos de software libre, cultura libre, integración y solidaridad. He asesorado a montones de equipos en cosas como licencias libres, tecnologías abiertas, lenguajes de programación o metodologías de desarrollo. He administrado servidores y programado aplicaciones. He escrito informes, análisis y artículos. He negociado, rogado, amenazado y seducido. He organizado, participado y coordinado. He inventado, copiado y compartido.

Algunos proyectos han tenido más de mi alma que otros. En alguno he puesto menos convicción que en otros. Algunas veces me empeñé en que algo debía ser de un modo concreto. Creo que acerté más veces de las que me equivoqué. Quizás algún día hable más de estas cosas. Ahora no es el momento.

Muchas veces nos dijeron que algo era imposible: No era factible, no convenía políticamente, no había dinero, no era técnicamente viable. Algunas veces, a pensar de ello, lo hicimos.

Ha sido un largo y extraño viaje, siempre apoyado por los mejores compañeros que puedan desearse: Gente que ha trabajado por el software libre con convicción, esfuerzo y sacrificio, pero también con voluntad, alegría y sed por aprender. No voy a enumerarlos a ellos ni a sus muchos méritos, pero me siento terriblemente afortunado de haberlos tenido a mi lado.

En especial, quiero manifestar mi absoluto agradecimiento al Director de la Oficina de Software Libre, JJ Merelo que, desde el principio, me dio una confianza y un apoyo que espero no haber decepcionado. Es difícil encontrar una persona que tenga un nivel de exigencia tan alto y, a la vez, que sepa darte tanta confianza y libertad de acción.

Ha sido un honor y un placer trabajar en esta Oficina, con estas personas, haciendo estas cosas.

Naturalmente, seguiré en contacto con la Oficina de Software Libre, con JJ Merelo y con todos mis compañeros (en el momento de publicar esto, estoy a punto de salir a compartir unas merecidas cervezas con ellos), y siempre estaré a su disposición para lo que necesiten.

Le debo mucho a esta oficina.

Aunque tengo proyectos a la vista, no estoy seguro de a donde se dirige ahora mi camino. Lo que, dicho sea de paso, no es ninguna novedad. Me enfrento al futuro sin miedo y permanezco abierto a lo que pueda surgir.

En la medida de lo posible, seguiré luchando las mismas batallas en la misma guerra. Pero esta vez será desde otra trinchera.

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Iros

Dicen que la Real Academia de la Lengua va a admitir el uso de la forma imperativa "iros". La noticia no ha gustado a casi nadie y, al saberse, se ha liado un pequeño tumulto.

Pero ¿Por qué?

¿Por qué nos parece tan terrible que se acepte un uso lingüístico concreto?

Voy a lanzar una hipótesis desde un punto de vista sociológico:

En mi planteamiento de este texto empleo aproximadamente la perspectiva del sociólogo francés Pierre Bordieu. Las buenas ideas son suyas, los errores son todos míos. Al final, por si te ha picado la curiosidad, recomiendo un libro.

La Real Academia de la Lengua tiene dos misiones.

La primera, más o menos contenida en su lema "Limpia, fija y da esplendor", es la de registrar, hacer oficiales y, en la medida de lo posible, controlar los cambios en la lengua, para mantenerla como un todo coherente.

Es una labor a veces difícil y a veces imposible, porque el idioma evoluciona a manos de los propios hablantes, de forma natural, distribuida y no deliberada. A veces la Real Academia de la Lengua consigue, amparándose en su prestigio social (hablaremos de eso más abajo), imponer algún uso sobre otro. Pero, en la mayoría de los casos, no le queda otra que resignarse y observar la evolución natural del lenguaje. Como no hay ninguna norma lingüística que sea objetivamente superior a otra (es decir, las características propias de cada dialecto son "arbitrariedades culturales") no existe ningún motivo racional para preferir una a otra, y no tiene sentido que nadie se sienta molesto cuando la Real Academia de la Lengua registra algún cambio.

Y sin embargo, ocurre: Mucha gente protesta ante cada cambio en el diccionario de la Real Academia de la Lengua, batallando en las trincheras de cada definición, cada tilde y cada verbo irregular. Nos sentimos heridos porque admiten "almóndiga", nos ofende que quiten el acento de "sólo" y gritamos furibundos ante la inclusión de "iros". Nos duele.

¿Por qué nos resulta tan terrible que la Real Academia de la Lengua acepte una forma lingüística tan extendida?

Míralo de este modo: Si los dos únicos criterios posibles para definir la "validez" de un uso lingüístico son el que se use realmente o el que esté admitido por la Real Academia ¿por qué decimos que la forma imperativa "iros" es incorrecta? Se usa (y mucho) y, ahora, está admitida. ¿Por qué nos sigue doliendo?

Porque la Real Academia de la Lengua tiene dos misiones, y aún no hemos visto la segunda.

La segunda labor no está en su lema, no es oficial y, de hecho, ni siquiera es deliberada. Pero está ahí y todos la admitimos tácitamente.

La Real Academia de la Lengua es una herramienta. Una estructura que sostiene al lenguaje como marcador social para distinguir la clase social y el estatus de los individuos.

El "Español de la Real Academia" no se puede entender en la práctica como el "Español de todos los hablantes", sino como un dialecto concreto que indica un capital social y cultural. Un "hábitus" en el sentido de Bordieu, que marca a alguien como perteneciente a estratos sociales superiores.

La Real Academia de la Lengua actuaría en este sentido como una "autoridad pedagógica impuesta", indicando qué parte del español es el que denota "Cultura". Y esa "Cultura" forma parte de los conocimientos que permiten un cierto acceso al poder, claro, pero también sirve como marcador social, como indicador del grupo social al que pertenece un individuo.

Cuando la Real Academia de la Lengua acepta un elemento del lenguaje que asociamos con un registro "de clase baja" sentimos que se difuminan un poco las barreras que diferencian a los que "hablamos bien" de los que "hablan mal". Aunque nos auto-justifiquemos de mil modos distintos, sentimos que nos están "desclasando".

Por eso nos duele tanto.

Para conocer más profundamente esta perspectiva de las instituciones culturales, recomiendo encarecidamente el libro "La distinción. Criterios y bases sociales del gusto.", de P. Bordieu.
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